El licenciado Vidriera (I)
Comedia famosa de Agustín Moreto
El licenciado Vidriera (I)
Comedia famosa de Agustín Moreto
Si el Camino Español de los tercios trazaba las arterias de un imperio en los mapas de Europa, existió otro sendero, tallado con versos y enredos, que definió el alma de una época: el de la comedia del Siglo de Oro. En esta ruta de ingenio y crítica social, donde la honra y el desatino convivían tras el telón, hallamos una estación singularmente incisiva: “El licenciado Vidriera” de Agustín Moreto. Tomando como punto de partida el célebre personaje cervantino, Moreto forja no una simple farsa, sino un audaz experimento dramático. En él, un héroe noble y valiente, roto por la ingratitud de los poderosos, adopta la más astuta de las armas: la máscara de la locura. Creerse de vidrio le permite decir, impune, las verdades que nadie quería oír de un hombre cuerdo. Esta obra maestra del barroco nos invita a un festín de ingenio donde la risa es sólo la capa exterior de una profunda sátira, interrogándonos sobre los verdaderos cimientos del valor, la justicia y la cordura en un mundo obsesionado con las apariencias.
Jornada Primera. Donde la virtud choca contra la ingratitud del poder.
La Jornada Primera de la obra se sitúa en el alcázar de Urbino, donde se presenta a Carlos, un joven de noble nacimiento pero de “pobre casa”, que regresa tras haber destacado en sus estudios en Bolonia. Lo acompaña su criado Gerundio, quien cumple la función de gracioso y se encarga de recordarle constantemente su “miserable estrella”, burlándose de su mala fortuna tanto en el juego como en el amor, donde asegura que ni las fregonas pueden verlo. Carlos, lejos de desanimarse, confía en que su dedicación académica finalmente rinda frutos: “de mis estudios espero, / pues tan continuos han sido, / ver el logro merecido”.
La relación entre Carlos y Laura, la hija del gobernador Pompeyo, es el motor emocional de la trama. Carlos describe cómo su amor nació de la observación silenciosa desde sus balcones, donde la aparición de su amada era comparada con un amanecer poético: “Flores, que ya viene el día; / fuentes, que se acerca el alba; / campos, que el sol se descubre; / montes, que amanece Laura”. A pesar de este sentimiento compartido, el padre de ella, Pompeyo, impone la realidad económica sobre la nobleza de sangre, advirtiéndole a Carlos que “dos noblezas sin hacienda / se hacen menores entrambas”. Pompeyo le otorga un plazo para mejorar su fortuna antes de que se vea obligado a casar a su hija con otro pretendiente.
En el ámbito político, Urbino atraviesa una crisis sucesoria tras la muerte del duque Julio. Carlos revela que él fue el artífice intelectual de la estabilidad actual, pues gracias a sus conocimientos legales escribió una información que validó el derecho del actual Duque frente a sus primos, el marqués Federico y la bizarra Casandra. A pesar de este servicio, la situación se complica cuando Casandra decide apelar al “tribunal de las armas” y sitia la ciudad. Justo cuando el Duque se dispone a premiar a Carlos, el estrépito de la guerra interrumpe la ceremonia, obligando a todos a prepararse para la batalla.
Un punto de inflexión ocurre en la despedida entre Carlos y Laura. Mientras Carlos le recuerda todos los sacrificios realizados por ella —incluyendo el riesgo de ser olvidado mientras estudiaba en el extranjero—, Laura mantiene una postura de firmeza nobiliaria. Ella le explica que, aunque su pecho lo estima, su honor y la obediencia a su padre están por encima de sus sentimientos, expresando una de las sentencias más significativas de la jornada: “...el amor en mi entereza, / aunque mucho, es accidente, / y el honor naturaleza”. Esta respuesta impulsa a Carlos a buscar la gloria no solo por las letras, sino también por las armas, decidido a acreditar con su acero lo que su pobreza le niega.
La trama se complica con la aparición de la traición en la figura de Lisardo, un supuesto amigo de Carlos. Cuando Carlos le confiesa su amor por Laura y le pide que interceda ante el Duque para obtener un premio que le permita casarse, Lisardo revela en un aparte que él también pretende a la joven. En lugar de ayudarlo, Lisardo decide maniobrar para que el Duque no recompense a Carlos, pues teme perder su propia oportunidad matrimonial: “...yo haré, / si el premio que solicita / es quien la dicha me quita, / que el Duque no se le dé”. Mientras tanto, en el campo de batalla, Gerundio aporta el contrapunto cómico al intentar negociar su lealtad con el bando enemigo a cambio de una lista desmesurada de comida.
El punto álgido de esta primera jornada tiene lugar durante el enfrentamiento bélico. Carlos, demostrando un valor excepcional, logra capturar a Casandra y entregarla a Lisardo para que sea testigo de su hazaña. No contento con esto, regresa al combate y logra rendir personalmente al marqués Federico. Al presentarse ante el Duque, ensangrentado y exhausto, Carlos reclama su lugar como el verdadero pilar de la corona: “Por letras y armas he sido / quien la corona os ha puesto”. Tras estas palabras, Carlos cae desmayado por sus heridas, momento que Lisardo aprovecha para intentar dilatar el premio prometido y así evitar que Carlos logre a Laura. La jornada cierra con el Duque intentando ablandar el odio de la cautiva Casandra a través de “finezas”, mientras Carlos es retirado para ser curado.
Blas Molina