El nacimiento de Cristo (II)
Auto sacramental de Félix Lope de Vega
El nacimiento de Cristo (II)
Auto sacramental de Félix Lope de Vega
La rebelión del barro, urdida por la Sierpe, llevó a la caída y al exilio de Adán y Eva tras la desobediencia en el Edén. El triunfo de la Gracia se anunció con la ofrenda del Príncipe celestial, quien, movido por infinito amor, se ofreció a bajar a la tierra para redimir al hombre, transformando su culpa en esperanza y su destierro en promesa de salvación a través del sacrificio redentor que hoy, en Navidad, se hace realidad con el nacimiento del Mesías.
Acto Segundo. El triunfo de la Gracia y el nacimiento de la Luz.
El segundo acto de la obra se abre con una imponente manifestación del poder del mal. La Sierpe aparece jactándose de su dominio absoluto sobre la tierra, afirmando que ningún poder celestial puede resistírsele. En su arrogancia, se describe como el “solo sabio” y un “cedro hermoso” que mantiene a la humanidad en prisiones, llegando a declarar la magnitud de su desafío contra el Creador: “y a Dios tan parecido, / que tenemos el Reino dividido”. A ella se une el Pecado, quien se define como la desobediencia que ha sujetado a todos los hombres desde Adán, y la Muerte, quien presume de su capacidad para deshacer la creación divina, asegurando que “si bajara / Dios a ser hombre, aún no le perdonara”.
Esta atmósfera de oscuridad se rompe súbitamente con la aparición de la Gracia divina en lo alto. Su luz es tan intensa que ciega a la Sierpe y hace que la Muerte sienta su propia extinción. Ante la inminente llegada de Dios al mundo, los tres villanos huyen despavoridos, reconociendo que el rescate del hombre significa su derrota. La Gracia queda entonces sola para anunciar la “más clara noche” en la que el cielo baja a la tierra, describiendo cómo, mientras el mundo duerme en sus lechos de oro, el “mayorazgo eterno” se prepara para nacer de la Virgen María, a quien describe como una «nave que trae desde lejos / aquel soberano pan».
El Mundo recibe las albricias de la Gracia con entusiasmo y promete transformar la naturaleza para la ocasión. En un pasaje lleno de lirismo, el Mundo asegura que hará que las flores broten de la escarcha, que los arroyos viertan cristal líquido y que «los fresnos / pura miel» manen. Esta alegría cósmica se extiende incluso al Limbo, donde los patriarcas y profetas como Abraham, David y Elías aguardan el remedio de su cautiverio. El Mundo celebra ver finalmente al “cordero al León / y al mismo Dios niño tierno”.
La acción se traslada entonces a la llegada de Josef y la Virgen a Belén. A pesar de su linaje real descendiente de David, la pareja se encuentra desamparada y sin posada. Josef sufre al ver a la Reina del Cielo expuesta al rigor del hielo y al desprecio del mundo, que cierra sus puertas a quien es la verdadera “puerta del cielo”. Ante la negativa del Mesonero, que alega que todo está ocupado, Josef se lamenta con ternura hacia el Niño que está por nacer, diciéndole que, aunque el mundo le niegue techo, las entrañas de María son “más limpias que ellos [los serafines]”. Finalmente, se refugian en un humilde portal que, según la Virgen, dará “al cielo envidia, a los hombres / vida”.
En las cercanías, un grupo de pastores compuesto por Laurencio, Pascual, Bato, Delia y Silvana lidia con la crudeza de la noche invernal. Entre bromas y quejas por el frío, Bato destaca por su carácter rústico y sus cantares, donde ya vislumbra que “presto un ave / nos ha de dar carne y pan”. Tras una escena de humor donde Bato es engañado con una flauta rellena de hollín, la atmósfera cambia cuando escuchan voces celestiales suaves y extrañas. La aparición de un Ángel en una nube transforma la noche, anunciando la paz y el nacimiento de Cristo en un pesebre con el verso: “cantemos la gloria al cielo, / la paz al hombre en la tierra”.
El acto culmina con el asombro de los pastores ante la visión divina. Bato, mostrando una sabiduría que trasciende su estado, interpreta el suceso como el cumplimiento de las promesas hechas a Abraham y David, señalando que ha llegado la edad en la que el “demonio soberbio” perderá su imperio. Movidos por la fe, los pastores deciden acudir al portal para ofrecer presentes al recién nacido: leche, miel y un cordero. Laurencio resume el sentir del grupo al decidir entregar lo más valioso que posee: “El corazón, / porque es lo mejor que tengo”.
Como un río que finalmente encuentra su cauce tras atravesar tierras áridas, la humanidad, representada por los humildes pastores, abandona el frío de la noche para buscar el calor de la esperanza en un pesebre de Belén.
Blas Molina