Don Gil de las calzas verdes (IV)
Comedia de Tirso de Molina
Don Gil de las calzas verdes (IV)
Comedia de Tirso de Molina
Hubo una vez un fraile mercedario que, tomando la pluma con mano segura, encendió la mecha de uno de los engranajes cómicos más perfectos jamás construidos. Tirso de Molina, con su Don Gil de las Calzas Verdes, no se limitó a escribir una comedia más del Siglo de Oro; talló en verso un mecanismo de relojería perfecto, un laberinto de identidades donde la risa y la audacia se dan la mano para cuestionar el orden establecido. Esta obra no es una reliquia polvorienta, sino un milagro de modernidad que, desde el siglo XVII, anticipa los juegos de identidad y los enredos amorosos que hoy pueblan nuestras comedias contemporáneas, desde las múltiples identidades de “El conde de Montecristo” hasta los disfraces shakespearianos de “Noche de reyes”, pasando por los enredos de “Las bodas de Fígaro” o los equívocos actuales de tantas series y películas.
La chispa que enciende el polvorín es de una brillantez deslumbrante. Doña Juana, abandonada por su prometido Don Martín, decide no languidecer entre lágrimas, sino tomar las riendas de su destino. Al relatar el abandono, describe cómo Don Martín de Guzmán le dio “palabra de esposo, / pero fue palabra en fin / tan pródiga en las promesas / como avara en el cumplir”. Ante este agravio, la joven decide que es momento de actuar: “Saqué fuerzas de flaqueza, / dejé el temor femenil, / diome alientos el agravio, / y de la industria adquirí / la determinación cuerda”. Para recuperarlo, se traslada a Madrid y, vistiéndose con unas llamativas calzas verdes —”Doña Juana de hombre con calza y vestido todo verde”—, se inventa un alter ego masculino: Don Gil.
La originalidad no reside sólo en el disfraz, sino en la inversión de roles que este provoca. Juana está decidida a ser el “estorbo / de su ciego frenesí, / malogrando cuanto hiciere” su ingrato amante. Su criada Quintana la compara con una figura pícara y maquinadora: “Pedro de Urdemalas eres”, e incluso anticipa la transgresión de género que está por venir: “Yo apostaré que te truecas / hoy en hombre y en mujer / veinte veces”. Juana acepta este reto, pues su determinación no tiene límites de identidad: “Las que viere / que mi remedio requiere, / porque todo es menester”.
Doña Juana, desde su máscara viril, se convierte en el arquitecto de su propia historia, transformando el escenario en un laboratorio donde se experimenta con el género y el poder. Su objetivo es claro: perseguir a su engañador “hasta que cure su amor / con mi industria o con su miedo”, afirmando: “La mujer / venga agravios desta suerte”. Las “calzas verdes” se convierten en el leitmotiv de esta búsqueda, la señal que todos persiguen: “A los que me buscan da / por señas mis calzas verdes”.
A partir de ese instante, Tirso teje una maraña de equívocos de una fertilidad cómica inagotable. Don Gil, el personaje inventado, se multiplica en la percepción de los demás. Don Martín, convencido de que debe imitar a su rival, decide: “yo he de andar / como él y me han de llamar / don Gil de las calzas verdes”. El caos es tal que Doña Inés se pregunta: “Como me pretenden dos... / Sí. Mas vos, ¿a cuál queréis?”. Doña Juana, la mente maestra, dirige este enredo: “Retrato eres del engaño. / Y mi remedio seré”, y resume su victoria al final del Acto Segundo: “Ya esta boba está en la trampa. / Ya soy hombre, ya mujer, / ya don Gil, ya doña Elvira; / mas si amo, ¿qué no seré?”.
El clímax de esta multiplicación ocurre cuando el criado Caramanchel, testigo de la aparición simultánea de múltiples hombres bajo el mismo nombre, exclama atónito: “¿Otro Gil entra en la danza? / Don Giles llueve Dios hoy”, y luego añade: “Ya son cuatro, y serán mil. / ¡Endiablado está este paso!”. Esta escena encapsula la perfección del mecanismo cómico tirsiano, donde el ritmo vertiginoso no da tregua al espectador.
En el corazón de este mecanismo perfecto late un retrato de la mujer como sujeto activo, dueña de su voluntad y de su ingenio. Doña Juana no es una damisela en apuros; es una estratega que resume su intrincado plan condensando todas sus máscaras en una frase definitiva: “Gil, Elvira y Juana soy”. Tirso, sacerdote católico, cuestiona los roles de género con una naturalidad pasmosa, mostrando cómo la católica civilización hispánica consideraba y valoraba la inteligencia y habilidad de la mujer en un sentido profundo y moderno.
Tanta agudeza visual estaría incompleta sin el festín intelectual del lenguaje tirsiano. El juego constante con el nombre del protagonista alcanza cimas de ingenio verbal cuando Caramanchel defiende a su amo: “en Gil se rematan mil, / que hay perejil, toronjil, / cenojil”. El conceptismo brilla en frases como la de Quintana: “Vuela el mal con pies de pluma, / viene el bien con pies de plomo”, o en la crítica social de Caramanchel hacia los letrados que “miran derechos civiles / y hacen tuertos criminales”. La doble identidad provoca juegos de palabras como el “¿De día Gil, de noche Gila?” o el rechazo al amo ambivalente: “que comer carne y pescado / a un tiempo no es aprobado”.
Sin embargo, nos enfrentamos a una paradoja desoladora. A pesar de su potencial escénico desbordante, Don Gil de las Calzas Verdes es una gran desconocida para el gran público. Mientras las obras de Shakespeare, Molière o Goldoni se reinventan constantemente en cine, teatro y televisión, nuestro Siglo de Oro, y esta joya en particular, yacen en un injusto ostracismo. Esta invisibilidad no es casual; es síntoma de un problema cultural y político más profundo que aqueja a España.
La desidia institucional y la miopía política han condenado al olvido a buena parte de nuestro patrimonio teatral. Existe una tendencia patológica a menospreciar lo propio mientras se abraza con fervor cualquier modelo cultural extranjero. Es triste constatar cómo una parte de la izquierda española, en su afán por construir una identidad supuestamente progresista, ha terminado por adoptar una postura profundamente antiespañola, prefiriendo enterrar a los clásicos antes que afrontar la complejidad de un legado que, como el de Tirso, es subversivo, moderno y universal. Se pierde así la oportunidad de reivindicar un patrimonio que es nuestra mayor contribución a la cultura occidental.
Porque el valor de Don Gil trasciende lo nacional. Es una pieza universal, cuyo humor ágil, su crítica social soterrada y su exploración de la identidad podrían triunfar en cualquier escenario de Londres, Nueva York o Tokio. Su mensaje es atemporal. Esta denuncia se puede y se debe extender al resto de nuestros genios. Lope de Vega, Calderón de la Barca, Sor Juana Inés Cruz o Guillén de Castro aguardan en un limbo del que es urgente rescatarlos mediante un proyecto cultural ambicioso que los lleve al teatro, al cine, a las series y a las plataformas digitales.
Ha llegado el momento de un llamado a la acción. Es una invitación a los directores con valor, a las instituciones con visión y al público con curiosidad para que redescubran Don Gil de las Calzas Verdes. Proteger y difundir este legado no es un acto de nostalgia ni de nacionalismo rancio; es un imperativo cultural. Es reconocer que España custodia un tesoro artístico de valor incalculable, y que negarlo o ignorarlo no es sólo una muestra de complejo, sino un delito de lesa inteligencia. La comedia está escrita. Solo falta que nos atrevamos a representarla.
Blas Molina