El nacimiento de Cristo (y III)
Auto sacramental de Félix Lope de Vega
El nacimiento de Cristo (y III)
Auto sacramental de Félix Lope de Vega
Tras el triunfo de la Luz anunciado en el acto segundo, donde la Gracia divina disipó el poderío de la Sierpe, la Muerte y el Pecado con la llegada inminente de Dios al mundo, y tras el júbilo cósmico del Mundo y los patriarcas que culminó en el nacimiento de Cristo en Belén —anunciado a los humildes pastores—, el tercer acto prosigue para desvelar las consecuencias y la plena manifestación de este misterio redentor.
Acto Tercero. El pincel de Dios y el Sol de Belén.
El tercer acto de la obra profundiza en el asombro teológico ante el misterio de la Encarnación, donde las pastoras Lisena, Delia y Silvana reflexionan sobre cómo lo incomprensible ha encontrado lugar en un espacio tan breve como un pesebre. Delia explica que la grandeza de la Virgen María es tal que, para captar su esencia, sería necesario que “tome Dios el pincel”. La describen como una figura celestial a quien la luna le sirve de calzado y el sol de corona, mientras que el Niño recién nacido descansa humildemente como un “pajarillo en nido / entre las plumas y pajas”. Este inicio establece un tono de reverencia que pronto se mezcla con la alegría festiva de los pastores.
La llegada de Bato, Pascual, Laurencio y Ginés introduce un elemento de humanidad y humor en la narrativa. Bato relata con torpeza cómo, en su afán por besar los pies del Niño, tropezó y terminó golpeándose la nariz con el buey del portal, pidiéndole perdón al animal, que solo respondió con un “Mu”. Para celebrar el nacimiento, Ginés propone un juego simbólico de colores para “vestir” al Niño según sus atributos: el encarnado representa su humanidad y su faceta de soldado; el dorado, su poder divino; el morado, el amor y el sacrificio de su sangre; y el blanco, el “pan vivo del cielo”. Durante el juego, Bato comete constantes errores y recibe penitencias cómicas, quejándose con ingenio de que “siempre pagan los hombres / lo que yerran las mujeres”.
La calma del valle se ve interrumpida por las noticias que trae Riselo sobre una fastuosa comitiva de tres Reyes —provenientes de Saba, Egipto y Tarsis— que atraviesan los montes para adorar al Niño. Riselo describe con asombro la magnificencia de sus trajes, desde el anciano rey con perlas y turbante hasta el rey negro de “lindo talle” adornado con corales y rubíes, escoltado por elefantes y camellos. Lo más impactante para los pastores es que toda esa opulencia busca postrarse ante un “desnudo Niño” que tiene “a Dios con madre y sin padre” en la tierra, provocando que los pastores abandonen sus rebaños al cuidado de los lobos para correr hacia Belén.
En el portal, se desarrolla una escena de gran ternura entre Josef y la Virgen María. Josef se duele al ver al Niño derramar su sangre tan “niño y tierno”, sintiendo el dolor de las entrañas de la madre ante el sufrimiento del pequeño Príncipe de paz. Para consolar al Niño, Josef insta a María a que le cante, reconociéndola como la Virgen ante la cual la luna se postra. Es entonces cuando entra el rey Baltasar con sus músicos, dedicando una canción de belleza lírica a la “perla fina” y la “Aurora santa”, celebrando que con este nacimiento “el Sol se levanta” para dar limosna de gloria al mundo que andaba errante.
El momento culminante del acto presenta una vibrante “danza de negros” que acompañan a los otros dos reyes, Melchor y Gaspar, cantando en un dialecto rítmico sobre el “Niño del portalico”. Estos personajes ofrecen lo que tienen —desde bayetas (paños o telas humildes) hasta terciopelos— para abrigar al “cordero de tal grandeza” que yace sin lana en el frío. La obra culmina con la revelación del portal, donde se ve a la Sagrada Familia y a los Reyes arrodillados; María les asegura que su verdadera paga será el Reino de paz, mientras los pastores quedan maravillados contemplando los pies del Niño, que describen como hechos de “nieve y nácar”.
La conclusión de este acto es como un tapiz donde los hilos de la realeza más absoluta y la humildad más sencilla se entrelazan para abrigar una misma esperanza, demostrando que en el portal de Belén desaparecen las jerarquías ante la luz de la divinidad.
Blas Molina