El nacimiento de Cristo (I)
Auto sacramental de Félix Lope de Vega
El nacimiento de Cristo (I)
Auto sacramental de Félix Lope de Vega
El Imperio español forjó dos caminos de gloria: el de los tercios, que abrían rutas en los campos de batalla de Europa, y el de la literatura, que iluminaba el alma de una nación devota. En este Camino Español de las letras, que va desde las comedias de capa y espada hasta las cumbres místicas, llegamos en Navidad a un hito esencial: el auto sacramental “El nacimiento de Cristo” de Lope de Vega. En una época donde la fe no era un sentimiento privado, sino el núcleo público de la identidad y el orden social, la Navidad representaba la reafirmación anual del misterio central de la Cristiandad. Este drama no es una simple representación, sino un vasto teatro teológico donde el ingenio barroco hace palpable lo divino. Lope teje con maestría el dogma, la alegoría y la humanidad de pastores humildes para desplegar el gran ciclo de la salvación. El escenario se convierte en un cosmos en lucha, un campo de batalla entre el abismo y la gracia, que transita en tres actoss desde la tragedia original hasta la apoteosis del portal de Belén. Adentrarse en esta obra es comprender cómo el Fénix no solo entretenía, sino que forjaba, en verso y símbolo, la conciencia espiritual de nuestro imperio.
Acto Primero. La rebelión del barro y el triunfo de la Gracia.
El primer acto de la obra comienza sumergiéndonos en el abismo de la rebelión. La Sierpe, acompañada por la Soberbia y la Hermosura, lamenta su estrepitosa caída desde las alturas celestiales, pero mantiene una actitud de desafío absoluto. En un arranque de orgullo herido, la Sierpe manifiesta que su voluntad es inquebrantable, afirmando que incluso si Dios intentara persuadirla al arrepentimiento, ella se negaría por considerarlo una afrenta a su propia dignidad. Con una soberbia ciega, llega a pronunciar uno de los versos más representativos de su carácter: “ser vuestra cabeza estimo / más que ser los pies de Dios”. En medio de este rencor, aparece la Envidia, y juntos conspiran contra los dos nuevos Reyes (Adán y Eva) a quienes el “Emperador supremo” ha entregado el dominio del mundo en un paraíso custodiado por la Gracia y la Inocencia. La Sierpe planea usar el único precepto prohibitivo —el árbol del bien y del mal— para “encantarlos” con una manzana y arrebatarles el reino.
Mientras el mal se organiza, la escena se traslada a la paz del Edén. Adán y Eva aparecen rodeados de música, acompañados por la Inocencia (vestida de villano) y la Gracia (de blanco). En este estado de perfección original, Adán ejerce su autoridad otorgando nombres a todas las criaturas: desde el águila y los cisnes hasta los peces como ballenas y delfines. La Inocencia aporta un tono de ingenio, comentando con asombro la creación de estos “príncipes del barro” y cuestionando la fealdad de la nieve frente a la gracia divina. Sin embargo, la armonía se interrumpe por un sueño profundo que cae sobre Adán, quien, en un trance místico, tiene una visión profética del misterio de la Encarnación, exclamando: “¿Tú, como hombre, Dios mío, / mi carne tomas, Señor? [...] Dios baja al suelo a ser hombre, / y el hombre sube a ser Dios”.
La tragedia se desencadena cuando la Sierpe, aprovechando el sueño de Adán, se acerca a Eva fingiendo ser el hortelano del jardín o el lucero del alba. Con astucia, siembra la duda en Eva sugiriendo que la prohibición de comer del árbol nace del temor de Dios a que ellos igualen su valor. La Sierpe le promete que, al probar el fruto, sabrán y podrán tanto como su Creador: “seréis Dioses como él”. Eva, seducida por la belleza de la manzana y la promesa de conocimiento, invita a Adán a compartirla, quien accede por amor a ella: “Comeré por ti”. Este acto de desobediencia provoca un cambio telúrico inmediato: la Gracia se despide horrorizada y la Inocencia se transforma en Malicia, vistiendo ahora un saco de penitencia.
El despertar de los primeros padres es amargo y lleno de vergüenza. Adán lamenta su locura al verse “de la culpa vestidos” y despojados de su bien original. El Emperador celestial entra entonces en el jardín para pedir cuentas de la infracción. En un intento de evadir la responsabilidad, Adán culpa a la mujer y ésta, a su vez, señala al “fiero encantador”. El juicio divino es implacable: la Sierpe es condenada a arrastrarse sobre su pecho y comer tierra, estableciéndose una guerra perpetua entre ella y la estirpe de la mujer. En un momento de gran carga simbólica, se abre una nube que muestra a una Virgen coronada de estrellas pisando al dragón, una visión que la Sierpe reconoce con pavor: “¿Quién eres, dime, generosa Infanta, / que no puedo sufrir la lumbre tuya / pues antes de la culpa fuiste santa?”.
Finalmente, el acto se cierra con el exilio y la promesa de restauración. Adán y Eva son expulsados por un Serafín con espada de fuego, pasando de ser reyes a “labradores” que deben ganar el pan con el sudor de su frente. Una voz advierte que el remedio al veneno de la serpiente vendrá de “otra serpiente en un palo, / de carne, no de metal”, aludiendo a la futura Crucifixión. En las cortes celestiales, el Príncipe divino (el Hijo), movido por un amor infinito, se ofrece al Padre para bajar a la tierra y morir por el hombre: “que yo os ofrezco mi vida / para que su muerte mate”. El Emperador acepta el sacrificio y ordena al ángel Gabriel partir hacia Nazaret para anunciar a la Virgen que el Mesías nacerá de sus entrañas, asegurando así que Adán saldrá del encanto en que la Sierpe le puso.
La caída del hombre se asemeja a un cristal fino que se quiebra por un descuido, pero la intervención divina promete no solo pegar los pedazos, sino transformar ese material herido en una joya de valor inestimable a través del sacrificio del Príncipe.
Blas Molina