Recientemente, el Tribunal Supremo absolvía definitivamente a un hombre, condenado en 2016 por el delito de violencia de género, una vez quedó demostrado que la entonces denunciante había mentido y que incluso se había autolesionado para culparle a él.
Ya hace unos años que la socialista y entonces ministra Carmen Calvo, manifestase aquello de que a la "mujer había que creerla si o sí", toda una insensatez carente del más mínimo atisbo razonable pero que terminó creando escuela, imponiendo una serie de leyes que han servido para criminalizar siempre al hombre, haciendo trizas la presunción de inocencia, que es o debería ser, un pilar fundamental del estado de derecho.
Fueron casos como el mencionado, que en ningún caso supone una rarísima excepción, los que propiciaron que Juan Soto Ivars publicase hace unos meses su libro "Esto no existe " centrado en las denuncias falsas por violencia de género, publicación por la que le ha caído la del pulpo, con todo tipo de boicoteos, amenazas anónimas y multitud de insultos en las redes.
El año Nuevo empieza el 1 de enero… gracias a España
El año civil romano comenzaba en marzo (Martius), en honor al dios romano Marte, y tenía 10 meses. Los cuatro primeros meses recibían nombres de dioses como Juno (junio); los seis últimos se numeraban consecutivamente en latín, dando lugar a nombres de meses como septiembre (el séptimo mes, llamado así por la palabra latina para siete, septem). Después se añadieron enero (por el dios Jano) y febrero (por Febo) para completar los doce meses que tenemos ahora.
Entonces, ¿por qué ahora Año Nuevo se celebra en enero?
El Imperio español forjó dos caminos de gloria: el de los tercios, que abrían rutas en los campos de batalla de Europa, y el de la literatura, que iluminaba el alma de una nación devota. En este Camino Español de las letras, que va desde las comedias de capa y espada hasta las cumbres místicas, llegamos en Navidad a un hito esencial: el auto sacramental “El nacimiento de Cristo” de Lope de Vega. En una época donde la fe no era un sentimiento privado, sino el núcleo público de la identidad y el orden social, la Navidad representaba la reafirmación anual del misterio central de la Cristiandad. Este drama no es una simple representación, sino un vasto teatro teológico donde el ingenio barroco hace palpable lo divino. Lope teje con maestría el dogma, la alegoría y la humanidad de pastores humildes para desplegar el gran ciclo de la salvación. El escenario se convierte en un cosmos en lucha...
La rebelión del barro, urdida por la Sierpe, llevó a la caída y al exilio de Adán y Eva tras la desobediencia en el Edén. El triunfo de la Gracia se anunció con la ofrenda del Príncipe celestial, quien, movido por infinito amor, se ofreció a bajar a la tierra para redimir al hombre, transformando su culpa en esperanza y su destierro en promesa de salvación a través del sacrificio redentor que hoy, en Navidad, se hace realidad con el nacimiento del Mesías.
Acto Segundo. El triunfo de la Gracia y el nacimiento de la Luz.
El segundo acto de la obra se abre con una imponente manifestación del poder del mal. La Sierpe aparece jactándose de su dominio absoluto sobre la tierra, afirmando que ningún poder celestial puede resistírsele. En su arrogancia, se describe como el “solo sabio” y un “cedro hermoso” que mantiene a la humanidad en prisiones, llegando a declarar la magnitud de su desafío contra el Creador: “y a Dios tan parecido, / que tenemos el Reino dividido”. A ella se une el Pecado, quien se define como la desobediencia que ha sujetado a todos los hombres desde Adán, y la Muerte, quien presume de su capacidad para deshacer la creación divina, asegurando que “si bajara / Dios a ser hombre, aún no le perdonara”.
Tras el triunfo de la Luz anunciado en el acto segundo, donde la Gracia divina disipó el poderío de la Sierpe, la Muerte y el Pecado con la llegada inminente de Dios al mundo, y tras el júbilo cósmico del Mundo y los patriarcas que culminó en el nacimiento de Cristo en Belén —anunciado a los humildes pastores—, el tercer acto prosigue para desvelar las consecuencias y la plena manifestación de este misterio redentor.
Acto Tercero. El pincel de Dios y el Sol de Belén.
El tercer acto de la obra profundiza en el asombro teológico ante el misterio de la Encarnación, donde las pastoras Lisena, Delia y Silvana reflexionan sobre cómo lo incomprensible ha encontrado lugar en un espacio tan breve como un pesebre. Delia explica que la grandeza de la Virgen María es tal que, para captar su esencia, sería necesario que “tome Dios el pincel”. La describen como una figura celestial a quien la luna le sirve de calzado y el sol de corona, mientras que el Niño recién nacido descansa humildemente como un “pajarillo en nido / entre las plumas y pajas”. Este inicio establece un tono de reverencia que pronto se mezcla con la alegría festiva de los pastores.